jueves, 13 de octubre de 2011

la balada del infeliz (publicado originalmente el 26/6/10)


Abres los ojos. Te ves manchado con tu sangre y rodeado por cámaras de televisión. Los policías te llevan sujetado de los brazos con un chaleco anti-balas. Ves a dos mujeres con batas, guantes quirúrgicos y lentes baratos sujetando un cuchillo ensangrentado, una pipa de crack, cabellos, una lata de cerveza, tu billetera y una bolsa con objetos que no logras distinguir. Tienes la vista nublada, apenas logras distinguir los rostros de un par de periodistas que seguramente maltrataste en la universidad o en alguna fiesta, o en la vida misma. Piensas en tu madre, probablemente vayas a la cárcel y por fin estarás lejos de ella. Piensas en tus amigos y te das cuenta que los perdiste hace mucho. Piensas en ella, volteas y la ves en una bolsa negra, junto a las viejas de bata blanca.



Aún aturdido y con la vista nublada, subes a la patrulla de policía. Te das cuenta de lo hecho mierda que esta el auto y te burlas del oficial y de lo inútil que es para conducir. Te golpean y vuelves a caer inconsciente.


El hambre te despierta en el campo de girasoles que tenía tu abuela en Oxapampa. Estas solo y hambriento, lo único que encuentras son semillas y decides guardarlas por si no encuentras nada luego. Atrapas un conejo y lo degüellas, bebes su sangre y comes su carne asada con la luz del sol, ahora tienes energía para caminar un largo trecho, hacia la luz. Cae la noche y estas en un arroyo con peces de colores y todas esas mariconadas que odiaste de pequeño. Te desorientas y la fiebre hace que te arrastres junto a los ciempiés, junto a ellos. Empiezas a delirar como nunca antes lo hiciste.

La vida en la universidad nunca te disgusto de todo. Te gusta recordar como engañabas a los novatos vendiéndoles drogas al doble del precio. Te gusta recordar la figura de tu profesora, esa que estaba soltera y se vendía a los rectores de otras universidades para pagar su maestría en Francia. Te gusta recordar el olor del piso encerado de los pasillos que recorrías en tu vieja moto. Te gusta recordar que tuviste amigos, que andaban contigo por miedo a ti, pero los considerabas tus amigos. No te gusta recordar que el día de la graduación, nadie fue a verte y lo único que hiciste fue quedarte bebiendo en la casa de los padres de uno de tus amigos, mientras las niñas lloraban y su madre se iba para nunca más volver.

El sonido de la máquina de escribir te despierta, o al menos te hace recordar que estas en la estación de policía. Según tu abogado, has estado balbuceando por 3 horas y están a punto de mandarte al calabozo, tu le dices que quieres una sopa de pollo. Nadie te la da.

Te vas a dormir al frío calabozo y ves al tipo mirándote fijamente. El mismo tipo que quedo mirándote fijamente en la luz roja de un semáforo en Barcelona. El mismo tipo que se tropezó contigo el día de tu presentación de La Vida es Sueño en la escuela. El mismo tipo que estuvo detrás tuyo cada 5 días por los últimos 37 de tus 34 años. Lo miras y tienes miedo. Fue él, piensas. Se va y vuelves a dormir, esta vez por 3 días y 5 horas.

El juez te condena a 37 años de prisión. La mataste, huevón, es lo único que dice tu mente, pero tu corazón y tus pulmones saben que no lo hiciste. No la conocías la suficiente como para haberlo hecho, ella solo estaba caminando por ahí y tu también, cruzaron miradas y lo siguiente que recuerdas fue tu trayecto a la patrulla de policía. Tu padre de da una bofetada, tu perro entierra un hueso en el jardín y el mundo vuelve a estar normal.

La fiebre pasó y ahora solo tienes ese horrible olor a girasol en la mente, buscas tu cantimplora y tus anteojos de fibra de vidrio. Sabes que estas solo y no puedes hacer nada para evitarlo. Tal vez solo cerrar los ojos, y los cierras.


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