Abres los ojos. Te ves manchado con tu sangre y
rodeado por cámaras de televisión. Los policías te llevan sujetado de los
brazos con un chaleco anti-balas. Ves a dos mujeres con batas, guantes
quirúrgicos y lentes baratos sujetando un cuchillo ensangrentado, una pipa de
crack, cabellos, una lata de cerveza, tu billetera y una bolsa con objetos que
no logras distinguir. Tienes la vista nublada, apenas logras distinguir los
rostros de un par de periodistas que seguramente maltrataste en la universidad
o en alguna fiesta, o en la vida misma. Piensas en tu madre, probablemente
vayas a la cárcel y por fin estarás lejos de ella. Piensas en tus amigos y te
das cuenta que los perdiste hace mucho. Piensas en ella, volteas y la ves en
una bolsa negra, junto a las viejas de bata blanca.
Aún aturdido y con la vista nublada, subes a la patrulla de
policía. Te das cuenta de lo hecho mierda que esta el auto y te burlas del
oficial y de lo inútil que es para conducir. Te golpean y vuelves a caer
inconsciente.
El hambre te despierta en el campo de girasoles que tenía tu
abuela en Oxapampa. Estas solo y hambriento, lo único que encuentras son semillas y
decides guardarlas por si no encuentras nada luego. Atrapas un conejo y lo
degüellas, bebes su sangre y comes su carne asada con la luz del sol, ahora
tienes energía para caminar un largo trecho, hacia la luz. Cae la noche y estas
en un arroyo con peces de colores y todas esas mariconadas que odiaste de
pequeño. Te desorientas y la fiebre hace que te arrastres junto a los ciempiés,
junto a ellos. Empiezas a delirar como nunca antes lo hiciste.
La vida en la universidad nunca te disgusto de todo. Te
gusta recordar como engañabas a los novatos vendiéndoles drogas al doble del
precio. Te gusta recordar la figura de tu profesora, esa que estaba soltera y
se vendía a los rectores de otras universidades para pagar su maestría en
Francia. Te gusta recordar el olor del piso encerado de los pasillos que
recorrías en tu vieja moto. Te gusta recordar que tuviste amigos, que andaban
contigo por miedo a ti, pero los considerabas tus amigos. No te gusta recordar
que el día de la graduación, nadie fue a verte y lo único que hiciste fue
quedarte bebiendo en la casa de los padres de uno de tus amigos, mientras las
niñas lloraban y su madre se iba para nunca más volver.
El sonido de la máquina de escribir te despierta, o al menos
te hace recordar que estas en la estación de policía. Según tu abogado, has
estado balbuceando por 3 horas y están a punto de mandarte al calabozo, tu le
dices que quieres una sopa de pollo. Nadie te la da.
Te vas a dormir al frío calabozo y ves al tipo mirándote
fijamente. El mismo tipo que quedo mirándote fijamente en la luz roja de un
semáforo en Barcelona. El mismo tipo que se tropezó contigo el día de tu
presentación de La Vida es Sueño en la escuela. El mismo tipo que estuvo detrás
tuyo cada 5 días por los últimos 37 de tus 34 años. Lo miras y tienes miedo.
Fue él, piensas. Se va y vuelves a dormir, esta vez por 3 días y 5 horas.
El juez te condena a 37 años de prisión. La mataste, huevón,
es lo único que dice tu mente, pero tu corazón y tus pulmones saben que no lo
hiciste. No la conocías la suficiente como para haberlo hecho, ella solo estaba
caminando por ahí y tu también, cruzaron miradas y lo siguiente que recuerdas
fue tu trayecto a la patrulla de policía. Tu padre de da una bofetada, tu perro
entierra un hueso en el jardín y el mundo vuelve a estar normal.
La fiebre pasó y ahora solo tienes ese horrible olor a
girasol en la mente, buscas tu cantimplora y tus anteojos de fibra de vidrio.
Sabes que estas solo y no puedes hacer nada para evitarlo. Tal vez solo cerrar
los ojos, y los cierras.